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Chiapas es reconocido como uno de los estados más ricos de México por la exuberante belleza natural, la diversidad de sus ecosistemas, su cultura viva, tradiciones profundas y una economía sostenida históricamente por el campo, el comercio y el intercambio fronterizo. Se había consolidado como un destino turístico relevante a nivel nacional, de acuerdo con la Secretaría de Turismo federal, ocupa el noveno lugar entre los estados más visitados del país.
Pero esa imagen luminosa contrasta con una realidad más oscura. A partir del año 2018, con la llegada de la pandemia por el COVID-19, Chiapas —como el resto del mundo— enfrentó una crisis sanitaria sin precedentes; sin embargo, para esta entidad la emergencia no terminó ahí. Años después, otra PANDEMIA se expandió silenciosa y devastadora: la VIOLENCIA y la INSEGURIDAD, que alcanzaron su punto más crítico en el años 2024 en la zona sierra y frontera.
Organismos defensores de Derechos Humanos y el Colectivo de Monitoreo lo documentaron como un periodo de “terror para el control del territorio y graves violaciones a los derechos humanos”. En los municipios que integran la región fronteriza III y la sierra —La Trinitaria, Frontera Comalapa, Chicomuselo, Siltepec, Honduras de la Sierra, Motozintla, Mazapa de Madero, El Porvenir, La Grandeza, Bejucal de Ocampo, Amatenango de la Frontera y Bella Vista— los enfrentamientos se volvieron cotidianos. Escenas que parecían sacadas de una película de acción obligaron a familias enteras a huir solo con lo que traían puesto, mientras el gobierno de entonces, encabezado por Rutilio Escandón en Chiapas, guardaba silencio, estaba más atento a pronosticar el clima que a reconocer que Chiapas atravesaba el peor de sus huracanes: el de la violencia.
La historia de Doña Lupita, una mujer casi ingresando a la tercera edad, originaria de Frontera Comalapa, es la voz que recorre este relato. Hace poco volvió a viajar hacia Comitán. Su rostro, marcado por el asombro y la memoria, lo decía todo. Esa carretera que transitaba dijo, una o dos veces por semana para surtir su pequeño comercio, se convirtió durante meses, en una zona invisible por el miedo. La violencia los obligó a encerrarse; la movilidad, el comercio y la vida misma se apagaron con la llegada de la delincuencia organizada.
Aún en el año 2026, los rastros de los enfrentamientos siguen ahí, los impactos de bala en puentes y bardas, en diferentes fachadas en la zona de entre Comitán y Comalapa, especialmente en la zona de Chamic, hasta Amatenango de la Frontera, las huellas aún persisten.
Aunque hoy existe mayor confianza para transitar, reconoció doña Lupita, y recuerda que durante mucho tiempo quienes se atrevía a cruzar esa región, era por mera emergencia. La economía colapsó, las familias se desintegraron, las desapariciones forzadas marcaron comunidades enteras que optaron por huir antes de ser exterminadas.
Esa fue LA OTRA PANDEMIA: la que los mantuvo atrapados en el olvido gubernamental, bajo un estado sordo y ciego, mientras miles de familias de la región fronteriza III y la sierra sobrevivían al abandono, al despojo y al miedo.
Doña Lupita dice que el miedo persiste. Reconoce, como muchos sectores, que con la llegada del nuevo gobierno de Chiapas, encabezado por Eduardo Ramírez, hubo un cambio perceptible, pero el terror vivido dejó una huella muy profunda, que pasará mucho tiempo para poder recuperarse de esta pandemia. Por Guztavo López. @guztavolopez gustavo@espaciochiapas.com

